Tinta y dinamita: «Una pareja de justos»

«Una pareja de justos»


Algún tiempo después, frente al espléndido poema que ya no era capaz de ver, el poeta había de recordar el día en el que leyó por primera vez la historia de Lanzarote y Ginebra. En aquellos años ese poema, que traspasó la barrera del espacio y del tiempo, era todavía un borroso boceto en su imaginación. No tardó en darse cuenta de que la literatura es comparable a un tejido en el que se hilan versos de poetas desde el origen. Cuando contempló la historia de los cuñados (que, por cierto, vagan todavía por el infierno), la ubicó una capa más allá de la traición artúrica. Para él, que siempre debió de pensar que el paraíso tendría forma de biblioteca, descubrir la rima XXIV («Sobre la falda tenía/ el libro abierto…») fue la consecución de aquello que siempre quiso como poeta: crear el hueco que falta para que el lector ponga la pieza del puzle que lo forma. Solo así pudo comenzar a escribirlo, y el poema quedó tejido en la composición del tiempo.



Hasta hoy (y para siempre), la justicia no tiene mejor representación que «una mujer y hombre que leen los tercetos finales de cierto canto».


Borja Navarro.



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